UN CUADRO BREVE DEL CARÁCTER Y EL PENSAMIENTO DE JONATHAN EDWARDS

Un cuadro breve del carácter y el pensamiento de Jonathan Edwards

Por: Dr. Juan C. de la Cruz

Dibujar un boceto de una persona es tarea de refinado artista. Imagínese que complicado debe resultar la tarea de dibujar un cuadro del carácter y la personalidad sin pinceles y sin colores. Permítaseme en las siguientes líneas plasmar en palabras un retrato del consagrado divinista cuando se estaba en el punto más cuajado de su vida.

Jonathan Edwards ha sido catalogado por muchos como el más grande pensador de la historia de Estados Unidos.

 

1. Un cuadro del carácter de Edwards

Jonathan Edwards ha sido catalogado por muchos como el más grande pensador de la historia de Estados Unidos. Edwards nació en Connecticut, el 5 de octubre de 1703; y murió en New Jersey, el 22 de marzo de 1758; fue teólogo y pastor congregacionalista.

Edwards es la gran figura del conocido Gran Despertar que tuvo lugar en las colonias de Nueva Inglaterra (hoy Estados Unidos) en las décadas de 1740 y 1750.

Edwards fue pastor desde los 18 años. Sirvió por más de 35 años como ministro y erudito. Fue pastor interino en New York City por alrededor de un año. Fue profesor de la Universidad de Yale (donde obtuviera su Licenciatura en Educación y su Maestría en Artes) durante dos años (1724–1726). Pastoreó durante 22 años la iglesia congregacional de Northampton, Massachussets, una de las congregaciones más importantes e influyentes de sus días (desde 1727 hasta 1749). En Northampton Edwards sustituyó a abuelo Solomon Stoddard, un clérigo de mucho renombre en sus días. Fue misionero y pastor entre las tribus indias americanos (los Mohawk y los Mohegan) en Stockbridge, Massachussets, entre 1950 y 1957.[1] Fue Rector del Colegio de New Jersey (hoy Universidad de Princeton) por tan solo 5 semanas, debido a su fallecimiento. Su nuero le había precedido en tal puesto.

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Cuando los fideicomisarios del Colegio de Princeton consideraron que Edwards era el mejor hombre para arrear los corceles que tiraban de la carrosa de la naciente academia (la que para tal ocasión apenas cumpliría una docena de años desde su fundación oficial); el humilde divinista, que para a ese momento tenía unos seis años predicando a una comunidad reducida y rural entre las tribus indígenas de los Mohawk y los Mohegan, en Stockbridge, Massachussets; habiendo antes enseñado en Yale, y habiendo acabado dicho magisterio pasó a ocupar uno de los más poderosos y prestigiosos púlpitos de Nueva Inglaterra, sino del mundo entero por la ocasión, por casi un cuarto de siglo; respondió con las siguientes razones por las que se sentía incapaz para ese delicado, noble y sagrado oficio:

“Tengo una constitución peculiarmente infeliz en muchos aspectos, acompañada de un cuerpo flácido, apagado, de escasa fluidez, y de espíritu abatido, ocasionando a menudo una especie de debilidad infantil y una despreciable oratoria, presencia y comportamiento; soy de una monotonía y una rigidez desagradables, incapacitándome para la conversación, pero más concretamente, para el gobierno de una universidad”.[2]

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Edwards también citó lo que creía que era su deficiencia “en algunas partes del aprendizaje, particularmente en álgebra, y en los conceptos superiores de las matemáticas”.[3]

Por otra parte, el prof. Marsden reflexionando sobre sus incontables horas dedicadas al estudio de Jonathan Edwards, encontró que la persona del divinista en cuestión es muy compleja. Y lo definió como siendo “una persona multilateral y un pensador que como respuesta a la pregunta sobre qué yo pienso sobre él”, respondió que “dependerá del aspecto particular sobre el cual hablemos de él”.[4] A seguidas el distinguido prof. Marsden se explayó definiendo a Edwards por su carácter, antes que por sus dotes y oficios, así:

“Encuentro que Edwards fue una persona de una inmensa integridad personal. Él fue intensamente piadoso y disciplinado, admirable, pero desalentadoramente así para aquellos de religión más ordinaria. Su implacable intensidad lo condujo a seguir la lógica de su fe hacia sus conclusiones. La seriedad que le acompañaba lo hizo una persona no descuidada al invertir tiempo con alguna casualidad conocida, aunque habría sido una persona fascinante con quien hablar sobre las cosas que le concernían. Su valor cual lógico hizo de él alguien excesivamente segura de sus opiniones, a veces conduciéndolo al orgullo, la confianza excesiva, la falta de tacto, y una inhabilidad para dar crédito a diferentes puntos de vistas que los suyos. A la vez que estuvo consciente de su orgullo y estuvo constantemente tratando –y aparentemente a menudo continuando– de someter su espíritu arrogante a cultivar virtudes cristianas cual la mansedumbre, la gentileza y la caridad. Como fue común en los líderes del siglo XVIII, él fue autoritario; aunque al mismo tiempo fue extremadamente cuidadoso. Fue muy amado por aquellos cercanos a él. Sus oponentes lo encontraban distante, obstinado e intolerante. Por un tiempo ganó el corazón de casi todos en la parroquia de Northampton, luego los perdió en una disputa amarga, un pleito de antiguos amantes”.[5]

Marsden no pudo ser más equilibrado al describir el carácter de Edwards.

Edwards casi siempre estuvo consciente de su orgullo. Esto fue lo que cuando hubo madurado (aproximadamente 20 años después de su conversión) el mismo reflexionó respecto a su pasado juvenil:

Me afecta pensar lo ignorante que era, cuando era un joven cristiano, de las profundas e infinitas profundidades de maldad, orgullo, hipocresía y engaño que quedaban en mi corazón.

Tengo un vasto y grande sentido, de mi universal y absoluta dependencia de la gracia y la fuerza de Dios… y he experimentado más aborrecimiento de mi propia justicia… cualquiera de mis actuaciones o experiencias, o cualquier bondad de corazón o vida, es nauseabunda y detestable para mí. Y, sin embargo, estoy muy afligido con un espíritu orgulloso y farisaico; mucho más sensible de lo que solía ser antes. Veo a esa serpiente levantarse y extender su cabeza, continuamente, en todas partes, a mi alrededor.[6]

Aunque el orgullo (y un espíritu farisaico) siempre estuvo al acecho y presto a emerger, la diferencia ahora era que Edwards estaba muy consciente de dicha tendencia pecaminosa en su vida. Había dejado de luchar con sus propias fuerzas, pero bajo la dependencia de la gracia divina, y no se daba tregua en su continuada mortificación de la carne y del pecado.

A continuación, les muestro cual fue la principal arma que Edwards siempre utilizó contra su arrogancia e intransigencia:

Resuelvo: esforzarme hasta lo máximo para negar todo aquello que no sea sumamente agradable para un bien universal, dulce y benevolente, quieto, pacífico, satisfecho y tranquilo, compasivo y generoso, humilde y manso, sumiso y servicial, diligente y laborioso, caritativo y aún paciente, moderado, perdonador y sincero, con templanza, y hacer en todo tiempo aquello a lo que el carácter mengüe; y a examinar estrictamente, al final de cada semana, si lo he hecho así.[7]

     Se puede notar que el divinista utilizó sus resoluciones como armas contra el pecado.

     Permítame aquí referir una porción del tributo, a modo de epitafio, que rindió al divinista en cuestión el Colegio de Nueva Jersey en la tumba de los Edwards:

     Consagrado a la memoria del hombre muy reverendo, Jonathan Edwards, A. M.

     Presidente de la universidad de Nueva Jersey…

     Educado en el Colegio Yale…

     Fue nombrado presidente de Nassau Hall* el 16 de febrero de 1758…

     ¿Qué tipo de persona buscas, oh peregrino?

     Era un hombre alto de cuerpo, pero delgado.

     Débil por los estudios más intensos, abstinencia y esfuerzo constante.

     En perspicacia mental, juicio penetrante y prudencia

     Segundo a ningún mortal.

     Distinguido a través de la experiencia de las artes y ciencias liberales,

     Lo mejor de todas las críticas sagradas y un teólogo extraordinario,

     Tal que casi ningún otro era su igual.

     Un franco disputante, un acusado fuerte e invencible de la fe cristiana;

     Un predicador pesado, serio y exigente,

     Y, si le agrada a Dios, lo más feliz en cuestión.

     Notable en la devoción, estricto en su moral,

     Pero justo y amable con los demás.

     Vivió amado, venerado.

     ¡Pero, oh! él murió, y debe ser llorado:

     ¡Cuántos suspiros incita al partir!

     ¡Ay, qué gran sabiduría! ¡Ay, qué gran enseñanza y devoción!

     La universidad lamenta su pérdida, la Iglesia también:

     Pero el cielo, habiéndolo recibido, se regocija.

     Vaya peregrino, y siga sus pasos sagrados.

 

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Difícilmente exista una composición más acertada, elegante y breve del consagrado divinista que la anterior.

Pero, permitidme plasmar a continuación el prefacio de la biografía que escribió el Dr. Samuel Hopkins (el primer biógrafo de Edwards, habiendo sido también estudiante y amigo cercano del divinista).

“El Presidente Edwards, en la estima de todos los juiciosos que lo conocieron bien, ya sea personalmente o por sus escritos, fue uno de los hombres más grandes, más valiosos y útiles que han vivido en esta época.Se descubrió a sí mismo como uno de los más grandes teólogos, por su conversación, predicación y escritos: Uno de notable fuerza mental, el más claro de pensamiento y profundidad de penetración, que entendía bien y era capaz, por encima de la mayoría de los demás, de vindicar las grandes doctrinas del cristianismo. Y quizás ha sido en nuestros días más universalmente estimado y reconocido como un cristiano brillante, un hombre eminentemente bueno. Su amor a Dios y al hombre; su celo por Dios y su causa; su rectitud, humildad y abnegación, y despegue del mundo; su estrecho caminar con Dios; su obediencia concienzuda, constante y universal, en todos los actos y modos de vivir santos: En una palabra, la bondad y santidad de su corazón ha sido tan evidente y conspicua, como la extraordinaria grandeza y fuerza de su entendimiento. Y que esta luz distinguida no ha brillado en vano, hay una nube de testigos, Dios que le dio sus grandes talentos, lo condujo a un camino para mejorarlos, tanto por la predicación como por la Escritura, que sin duda ha demostrado ser el medio de convertir a muchos del error de sus caminos; y de promover enormemente el interés de la Iglesia de Cristo, tanto en América como en Europa. Y hay motivos para esperar que, aunque ahora está muerto, hablará durante mucho tiempo, para el gran consuelo y ventaja de la iglesia de Cristo; que sus publicaciones producirán una cosecha aún mayor, como una adición a su gozo y corona de regocijo en el día del Señor.

Aquí sólo puedo decir: “Palabras ha habido”. Y es de interés que en estos elogios de Hopkins al entonces ya extinto divinista que había sido su maestro y amigo, a petición de Sarah, el entendió que lo que había expresado sobre Edwards estaba empapado de tinieblas e incluso de algunos posibles errores. En otras palabras, el Dr. Hopkins nos expresa que él no era ni digno ni suficiente para tal tarea de exponer al público la vida y el carácter del Rev. Jonathan Edwards.

Creo que puedo exponer con cierta propiedad que al Rev. Edwards le caracterizaron tres asuntos neurálgicos en su vida: (1) Procurar la gloria de Dios en todo, lo cual establece, según Edwards, la felicidad de las criaturas envueltas en dicha gloria, lo que lo convierte en un divinista; (2) procurar vivir en santidad continuada e intencionalmente hasta su muerte, cual la cara externa de la realidad ulterior obrada por la investidura del Espíritu Santo en los santos, lo cual lo convierte en un consagrado puritano (es precisamente esto lo que él plasma en sus 70 Resoluciones); y (3) procurar conducir a cuantos pueda a la búsqueda de esas dos realidad anteriores, como el mayor bien que debe ser buscado, lo cual lo convierte en un pastor congregacionalista puro. Todo esto es solo posible, es decir, está indefectiblemente conectado con “la doctrina de la absoluta soberanía de Dios”, y con la realidad de la salvación, en el sentido de que solo quienes han “experimentado la conversión” pueden verdaderamente conocer a Dios y vivir para Dios. “Creía en una obra instantánea y radical del Espíritu, y en la conversión repentina y dramática. No quiso saber nada de la enseñanza del preparacionismo,§ mostrando alineamiento más con el grupo de John Cotton que al de Thomas Hooker”.[9]

Edwards describió así su postura: “Todo en el planteamiento cristiano defiende que el derecho del hombre al cielo y su aptitud para llegar allí dependen de una gran influencia divina que produce un inmenso cambio instantáneo, no como ese cambio gradual que se supone pueden producir los hombres mediante el ejercicio de su propio poder”.[10

Edwards describió así su postura: “Todo en el planteamiento cristiano defiende que el derecho del hombre al cielo y su aptitud para llegar allí dependen de una gran influencia divina que produce un inmenso cambio instantáneo, no como ese cambio gradual que se supone pueden producir los hombres mediante el ejercicio de su propio poder”.[11]

Un asunto evidente es que la temprana e innegociable determinación de Edwards en procurar la gloria de Dios en su vida y ministerio está estrechamente ligada a su crianza (ver JE vida y obra, Dr. de la Cruz), tanto como a las circunstancias que le rodearon, bajo la sombrilla de la gloriosa operación soberana de Dios. Es determinante en la visión espiritual del divinista que nos ocupa aquí, la fascinación que desde niño tuvo Edwards (mientras crecía a los pies de su padre y pastor) con aquel elemento que diferenciaba el congregacionalismo, especialmente americano, con todas las demás variantes del protestantismo, a saber “un marcado énfasis en la experiencia de conversión”, o lo que es lo mismo en el vocabulario edwardsiano, la “experiencia religiosa”.

Lloyd-Jones hace notar que “Edwards era calvinista y congregacionalista, y que hacía mucho hincapié −como el resto [de los puritanos]− en los elementos morales y éticos de la fe cristiana. Sin embargo, me atrevo a decir que con Edwards llegamos a la cima o el summum del puritanismo, ya que en él encontramos todo lo que en los demás puritanos y también ese espíritu, esa vida y esa vitalidad adicional”.[12]

Casi indefectiblemente una cosa lleva a la otra. Es extraño pensar en un consagrado divinista y ministro que extasiado por la belleza de Cristo, consumada en Su santidad, no sea al mismo tiempo y continuadamente avivado. ¿Pues qué más y mejor podría definir la experiencia de avivamiento que una contemplación prolongada de la gloria de Dios? ¡Esto caracterizó la visión, la pasión y por tanto la búsqueda de Jonathan Edwards!

Edwards no sólo estaba interesado en estos asuntos experimentales y palpables de la espiritualidad debido al marcado avivamiento de que fue testigo en la congregación donde creció, en Windsor del Este, Connecticut, donde precisamente pastoreaba su padre; sino, y por sobre esto, a su propia ‘experiencia de conversión’ (que el relata detalladamente en su “Narrativas”), en la que claramente estuvo muy interesado desde su infancia, y que tuvo lugar entre aquella primavera de 1721 (a sus 17 años de edad), cuando cursaba su maestría en Yale, que nos cuenta en la entrada a su diario el 18 de diciembre de 1722, y la entrada a su diario aquel 12 de enero de 1723, a sus 19 años de edad, mientras ministraba en Nueva York.[13]

Entre los altibajos emocionales de que padecía Jonathan, su piedad, cual aparece sumariado en su Resolución No. 63 (plasmada más abajo); entremos aquí brevemente a su diario para ver su espiritualidad y dependencia de Dios, y su compromiso con la experiencia religiosa:

“En la mañana… He estado delante de Dios, y me he dado a Él con todo cuanto tengo y soy; de tal manera que yo no soy, en ningún aspecto, mío mismo…”.[14]

Una consideración concienzuda del carácter de Edwards debe hacernos consciente que será infructífera a menos que indaguemos en sus principales escritos que podemos sumariar en la siguiente lista: (1) Sus 70 resoluciones; (2) su diario; sus más sobresalientes tratados, a saber: (3) su “Narrativa personal”, (4) “Una narrativa de las conversiones sorpresivas”, (5) Las marcas distintivas de una operación del Espíritu de Verdad”, (6) “Un relato del avivamiento religioso en Northampton de 1740 a 1742”, (7) su “Tratado sobre los afectos religiosos”; así como también sus tratados: (8) “La libertad de la voluntad”, (9) “La razón por la cual Dios creó el mundo”, (10) “Pecado original”, (11) “Una investigación humilde”, (12) “Historia de la obra de la redención”, (13) “Tratado sobre la Gracia”.

No sería justo en esta empresa dejar de revisar algunos de sus sermones más sobresalientes: (a) “La Trinidad”, (b) “La justificación por la fe (serie)”, (c) “La naturaleza del hombre en su estado caído está totalmente corrompida”, (d) “Una luz divina y sobrenatural”, (e) “La caridad y sus frutos” (serie), (g) “Dios es glorificado en la dependencia del hombre”, (h) “Pecadores en las manos de un Dios airado”; (i) “La gracia tiende a la santidad”, (j) “El amor eterno de Dios”, (k) “El amor es la suma de toda virtud”, (l) “La sabiduría de Dios en la sustitución de Cristo”, (m) “La agonía de Cristo”, (n) “El Altísimo, un Dios que escucha la oración”; etc.

Existen también las “Misceláneas”, otros tantos cuadernos, uno de los cuales Perry Miller transcribió y dio a la estampa bajo el título “Imágenes y sombras de las cosas divinas” (Images and Shadows of Divine Things).[15]

Storms nota que en octubre de 1722 escribe su primera anotación de lo que se conocería como las “Misceláneas”. Estas anotaciones, de las que hay más de 1,400, variaban en longitud, desde un párrafo corto hasta varias páginas.

Debemos decir aquí también que los manuscritos que sobreviven de los días de estudiante de Jonathan Edwards exhiben un notable poder de observación y análisis en Edwards (muy especialmente mostrado en “De los insectos”, temprano en 1715 (aun en preparatoria); su fascinación que las teorías ópticas de Isaac Newton imprimieron en él “Del arcoíris” y “Del color”;[16] y su ambición de publicar trabajos científicos y filosóficos confrontando el materialismo y el ateísmo lo condujo a escribir “Filosofía natural”.

En cuanto a su método, a través de su vida habitualmente estudiaba con pluma en mano, registrando sus pensamientos en numerosas libretas cosidas a mano; una de las cuales, su “Catálogo” de libros, demuestra la amplia variedad de su interés.[17] Un ensayo de John Locke concerniente al entendimiento humano “Essay Concernían Human Understanding”, publicado en 1690,[18] le causó una profunda impresión y ejerció mucha influencia en su pensamiento. Otros apuntes de Edwards que se conservaron de sus ensayos universitarios fueron “La mente”; “Ciencia natural”, que contiene una discusión de la teoría atómica; “Las Escrituras” y “Misceláneas”, que albergaban un gran plan para un trabajo sobre filosofía natural y mental, y le brindaron reglas de composición. Su “Biblia en Blanco” probablemente sea el más claro monumento de su método. Este documento consistió en una gran libreta en blanco con una copia de la Biblia pegada en una porción de cada hoja, con tal de que los grandes márgenes en blanco fuesen utilizados para agregar notas al pasaje en cuestión. Edwards literalmente anotó casi cada texto de las escrituras en ese extraordinario instrumento que le regalara un tío suyo.

Transitemos brevemente entonces por los grandes rasgos de la vida, obra y ministerio de Edwards que lo definen en su persona y su carácter.

 

2. Los más apremiantes trabajos de Edwards como teólogo

1) Sus 70 resoluciones (auto determinaciones centradas en su deber de buscar la gloria de Dios en todo, procurando ser el hombre más piadoso del mundo). Increíblemente las confeccionó entre los 18 y 19 años, mientras pastoreaba una pequeña congregación presbiteriana en New York City cuyos miembros eran de origen escocés. De hecho, se cree que su resolución más determinada y sobresaliente es la No. 63, que reza:

Resuelvo: en el supuesto de que no hubiera sino un individuo en el mundo, al mismo tiempo, que fuera apropiada y completamente un cristiano, en todo aspecto, ya sea de un temple correcto, teniendo al cristianismo siempre brillando con su verdadera brillantez y siendo excelente y amable, desde cualquier punto de vista y carácter: Resuelvo: actuar así como lo haría si luchara con toda mi fuerza para ser ese uno, quien viviera en mi tiempo.[19]*

Tal resolución da en el centro del propósito de la vida de Edwards.

2) Su sermón: “Pecadores en las manos de un Dios airado”, basado en Deuteronomio 32.35b. La primera vez que Edwards predicó este sermón en su congregación, no causó ninguna conmoción fuera de lo normal; pero al predicarlo en Enfield un mes más tarde (el 8 de julio de 1741), detonó un poderoso avivamiento allí.[20] Se dice que aunque Edwards solo leyó tímidamente sus notas, debido a su estado de salud ese día, “la gente se tiraba de sus bancas al suelo temblando de temor de caer en el infierno”,[21] y que incluso luego muchos no podían montar sus caballos debido al temblor que les causó aquella predicación.

El avivamiento en días de Edwards no fue recibido por todos. Para aclarar ciertas controversias, Edwards fue invitado a la universidad de Yale a disertar sobre este asunto. Expuso: “Las 5 Señales de un Avivamiento”, basado en 1 Juan 4.1-6. Esta conferencia fue publicada en 1741.[22] La esencia de este tratado sirvió luego de punta de lanza para el más famoso trabajo de Edwards.

3) Su libro más famoso: “Tratado sobre los afectos religiosos” (el mejor libro jamás escrito sobre el tema de las emociones y los afectos hacia Dios y la verdadera religión). En dicho escrito, Edwards demuestra lo bíblico de los afectos (el gozo y la felicidad, el amor, etc.), los sistematiza y los define; y demuestra que los afectos intensos y santos son demandados por Dios a sus hijos, resultando imposible agradar a Dios sin la justa expresión de ellos.

4) El primer trabajo de Edwards publicado fue un sermón predicado al alumnado de Harvard en julio de 1731 titulado: “Dios es glorificado en la dependencia humana”, basado en 1 Corintios 1.29–31. El poder y la fuerza de los argumentos de Edwards impresionaron al alumnado de Harvard, quienes llevaron aquel trabajo a la estampa, a pesar de la ya marcada tendencia arminiana entre ellos.

 

3. La reputación de Edwards como teólogo

La característica que define a Edwards, según el historiador teológico Roger Oslon, es que “ningún teólogo en la historia de la cristiandad ha sostenido una visión tan fuerte y elevada de la majestad, soberanía, gloria y poder de Dios cual Edwards”.[23]

Piper, un admirador de Edwards, dice que Edwards fue “un genio resuelto y decidido a vivir totalmente para la gloria de Dios”.[24] Piper cita lo que evaluó sobre Edwards el historiador Knoll, como sigue:

“Mark Knoll… descubrió que en los 250 años post Edwards, trágicamente ‘los evangélicos norteamericanos no han pensado desde un inicio acerca de la vida como cristianos porque la cultura se lo ha impedido. La piedad de Edwards continuó en una cultura de avivamiento. A su teología siguió un calvinismo académico. En cambio, no hubo sucesor para la visión universal de su Dios poderoso o de su profunda filosofía teológica. La desaparición de la perspectiva de Edwards en la historia de la cristiandad norteamericana ha sido una tragedia’”.[25]

Encima de eso, Edwards fue amigo del gran evangelista George Whitefield (quien predicó en Northampton). Fue muy cercano del gran David Brainerd, quien murió hospedado en su casa, sirviéndolo en su gravedad como enfermera Jerusha (una de las hijas de Edwards). De hecho, Edwards escribió un diario-biografía sobre David Brainerd titulado “Un Recuento de la Vida del Rev. David Brainerd” (en 1749) que sirvió como un manual de motivación para las misiones mundiales a varios de los misioneros más renombrados (Carey, los Hudson, Rice, etc.).

 

4. La esencia de la teología de Edwards

En la Enciclopedia Británica hay un breve artículo biográfico sobre Edwards que resume lo que quiero expresar sobre la esencia de la teología de Edwards, reza:

“Edwards no aceptó su herencia teológica pasivamente. En su “Narrativa personal”, confiesa que, desde su infancia, su mente “había estado llena de objeciones” contra la doctrina de la predestinación… escribió: ‘Solía ​​aparecer como una horrible doctrina para mí”. Aunque gradualmente trabajó a través de sus objeciones intelectuales, fue solo con su conversión (a principios de 1721) que llegó a una “deliciosa convicción” de la soberanía divina, tanto como a un “nuevo sentido” de la gloria de Dios revelado en las Escrituras y en la naturaleza. Esto se convirtió en el centro de la piedad de Edwards: una aprehensión directa e intuitiva de Dios en toda su gloria, una vista y un sabor de la majestad y belleza de Cristo mucho más allá de toda comprensión “nocional”, impartida inmediatamente al alma…”.[26]

 

5. El grado de entrega a Dios de Edwards

Para tener un sorbo del grado de entrega de Edwards a Dios, aparte de sus resoluciones, que se resume en la No. 63 (citada arriba), mire lo que escribió en uno de sus diarios:

“En la mañana… He estado delante de Dios, y me he dado con todo cuanto tengo y soy, a Él; de tal manera que yo no soy, en ningún aspecto, mío mismo. Yo no puedo pretender ningún derecho en esta comprensión, esta voluntad, este afecto, que están en mí…”.[27]§, [28]

Sin dida alguna Edwards fue un hombre resuelto, consagrado, rendido e intencionado a vivir para la gloria de Dios.

Por lo que creo que cabe citar algunas consideraciones que sobre Edwards han emitido en la historia algunos de sus analistas más sobresalientes:

“Edwards fue infinitamente más que un teólogo. Él fue uno de los 5 o 6 grandes artistas [forjadores de la nación americana] que se dispuso a trabajar con las ideas, en vez de con poemas y novelas. Fue más un psicólogo y un poeta que un lógico, y si bien dedicó con devoción su genio a tópicos del corpus de divinidad −la voluntad, la virtud, el pecado−, el los trató de una forma digna de los más finos especuladores, cual un Agustín, un Aquino y un Pascal, como problemas no del dogma, sino de la vida… Edwards habló tan adelantado a su época en asuntos científicos y psicológicos, que en la nuestra difícilmente pueda encontrarse alguien cortado con el mismo cuchillo cual él… Y más allá de su credo, Edwards es un portavoz, casi el primero, y por su profundidad, el más enraizado en la tradición nativa real”. (Perry Miller)

“Edwards parecía ser un lógico y un metafísico por naturaleza; pero grandemente mejorado por el arte y el estudio”. (Presuntamente Milliam Smith)

“Jonathan Edwards fue un genio fuera de lo común por naturaleza, formado para acercarse al pensamiento y la penetración profunda”. (Samuel Hopkins)“El talento del presidente Edwards para la disquisición filosófica y metafísica, fue de lo más alto. No había ningún tema dentro del campo legítimo de la investigación humana que fuera demasiado alto o demasiado profundo para sus poderes”. (Tryon Edwards)

“Nadie en la historia de la iglesia que conozco, con la posible excepción de San Agustín, ha demostrado de manera más clara e impactante —utilizo la palabra con cuidado— la infinita importancia del gozo en la esencia misma de lo que significa que Dios sea Dios y lo que significa para nosotros ser glorificadores de Dios”. (John Piper)Jonathan Edwards es: “Un genio resuelto y decidido a vivir totalmente para la gloria de Dios”. (John Piper)

“El teólogo de Estados Unidos”. (Robert Jenson)“El Agustín estadounidense… Por la estimación de muchos, Edwards fue el filósofo más agudo y el más brillante de todos los teólogos americanos… un heraldo predicador que predicó el más famoso sermón americano”. (Prof. George Marsden)

“Edwards era demasiado eficaz, sobre todo al describir el infierno y la condenación; que sus descripciones sobrecogedoras aterrorizaban a sus oyentes”. (Clyde A. Hohlrook)

“Ningún teólogo en la historia de la cristiandad ha sostenido una visión tan fuerte y elevada de la majestad, soberanía, gloria y poder de Dios cual Edwards”. (Roger Oslon)

“Sus imágenes verbales del cielo, el infierno y Dios “fueron tan reales como si hubiesen sido murales pintados con una brocha sobre los muros grises de la casa de reunión”. (Ola E. Winslow)

“Jonathan Edwards era consciente e intencionalmente un artista literario”. (Alan Heimert)

“Jonathan Edwards fue un teólogo de mando del Gran Avivamiento transatlántico, el precoz líder intelectual catalizador de misiones protestantes internacionales, y uno de los pocos padres fundadores del movimiento evangélico moderno, quien ha ministrado indirectamente a varios millones en toda la tierra”. (Douglas A. Sweeney)

“Jonathan Edwards ha sido el más grande genio que ha existido en la historia humana”. (John Gerstner)

 

Conclusión 

Glorifiquemos a Dios por el don de Edwards a la cristiandad.

Hemos a penas plasmado algunos trazos de la vida de Edwards. No hablamos de su grandiosa esposa Sarah ni de sus 11 ilustres hijos. Tampoco pudimos hablar de sus piadosos padres y sus 10 dotadas hermanas, como tampoco de sus abuelos y el resto de sus ancestros, quienes fueron padres fundadores de América y la mayoría de ellos ministros y teólogos de renombre igualmente.

Al final, agradezco a Dios por haber dotado de genio a su escogido Jonathan así como por haber hecho esa imborrable impresión de Cristo en el corazón y la vida del consagrado divinista quien lo honró y lo glorificó con todas sus energías y fuerzas, resultando en un ejemplo cas sin precedente para la iglesia del Señor, especialmente por su piedad y su ministerio, particularmente su don de escribir que tanto bien ha hecho al pueblo de Dios en los 300 años que han pasado desde los inicios del ministerio de Edwards.

Yo concluyo que Edwards fue un teólogo sin igual en la historia cristiana, con un genio superior a sus antecesores y predecesores, agudo, profundo y concluyente quien gracias a la obra de Dios en su vida glorificó a Dios al izar muy en alto la bandera del nombre de Cristo, de las doctrinas cristianas y del sagrado oficio ministerial.

 
CITAS Y REFERENCIAS
  1. Bennett, W. P. 51.
  2. Storms, S. Ver también: WJE, 16:726,
  3. Storms, S.
  4. Marsden, G. P. 5.
  5. Marsden, G. Pp. 5, 6.
  6. Edwards. Narrativas Personales.
  7. † Res. No. 47.
  8. * El Nassau Hall es el edificio más antiguo de la Universidad de Princeton en Princeton, condado de Mercer, Nueva Jersey, Estados Unidos. En 1783 sirvió como edificio del Capitolio de los Estados Unidos durante cuatro meses.                                                                                                                                                                                          
  9. § El preparacionismo es el punto de vista en la teología cristiana de que las personas no regeneradas pueden tomar medidas para prepararse para la conversión, y deben ser exhortadas a hacerlo. El preparacionismo aboga por una serie de cosas que las personas deben hacer antes de llegar a creer en Jesucristo, como leer la Biblia, asistir a la adoración, escuchar sermones y orar por el don del Espíritu Santo. Al hacer uso de estos medios de gracia, una “persona que busca la conversión puede disponerse a recibir la gracia de Dios”.
  10. Lloyd-Jones, M. P. 104.
  11. Works, 2:557.
  12. Lloyd-Jones, M. P. 105.
  13. Consulte: Edwards, J. “Narrativas Personales”.
  14. Consulte, Lawson, pp. 54, 55.
  15. ‡ Se trata de un cuaderno privado que fue publicado por primera vez en 1948, a casi 200 años de la muerte de Edwards.
  16. Ver, Miller, p. 37
  17. Art. Enc. Britannica.
  18. The Making of the West, p. 563.
  19. * Res. No. 63. 14 de enero y 13 de julio, 1723.
  20. Lawson, S. P. 12.
  21. Ibid.
  22. Ibid. P. 13.
  23. Ibid. P. 10.
  24. Piper, J. P. 10
  25. Ibid.
  26. Art. Enc. Britannica.
  27. § Sábado 12 de enero de 1723.
  28. Lawson, S. Pp. 54, 55

 

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

Bennett, William J. América: La Última Esperanza. Vol. I.

Consulte las resoluciones de Edwards en: MEMORIAS DE JONATHAN EDWARDS, A.M. Por Timothy Dwight.

Dodds, Elisabeth D. MARRIAGE TO A DIFFICULT MAN. Audubon Press. © 2004 by Jerry Marcellino.

Edwards, Jonathan. LOS AFECTOS RELIGIOSOS. Publicaciones Faro de Gracia. 2da. Ed. 2011.

Edwards, J. Narrativas personales.

Edwards, J. Resoluciones.

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ARTÍCULOS CITADOS

Enc. Britannica:

https://www.britannica.com/biography/Jonathan-Edwards

https://www.britannica.com/biography/Jonathan-Edwards/Dismissal-from-Northampton

Storms, Sam. TGC Art. https://www.coalicionporelevangelio.org/articulo/10-cosas-deberias-saber-jonathan-edwards/

IMÁGENES:

RETRATO DIGITAL: Cortesía de Carlos A. de la Cruz (usado con permiso)

DIBUJO: Contesía de Enc. Britannica (online)

Las fotografías fueron tiradas por el autor de este artículo en el sitio.

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