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LOS PIADOSOS TAMBIÉN SUBREN EN LAS PESTILENCIAS – Theo Magazine en Español

Por: Juan C. de la Cruz (PhD)

 

INTRODUCCIÓN

Quizás has escuchado hablar de Jonathan Edwards. Edwards es muy famoso por su renombrado sermón “Pecadores en las manos de un Dios airado”, tanto como por sus famosas “70 Resoluciones”. Edwards es catalogado por muchos sociólogos y pensadores norteamericanos como uno de los hombres más influyentes en el pensamiento nacional en toda la historia. Y en el plano evangélico, Edwards es creído como el hombre más piadoso que haya vivido jamás en los Estados Unidos.

Con eso en mente, es posible que te sorprenda saber que todos en su familia, y varios en su círculo más cercano, como el Rev. David Brainerd, fallecieron víctimas de pestilencias. La clara lectura de esto es que la protección y el cuidado de Dios para con sus santos no implica un seguro contra los trágicos efectos de los patógenos, virus y demás plagas y pestilencias. ¿Acaso no mueren los santos como fruto del juicio divino igual que los demás mortales? ¿Ha prometido Dios que indefectiblemente librará de los efectos de las pestilencias y hambrunas, así como de diversas otras pruebas y tribulaciones que nos sobrevienen? ¿Si un creyente fiel puede morir por los efectos de las pestes, la guerra y la hambruna; ¿qué implican pasajes como el Salmo 41, 46 y 91, entre otros textos bíblicos?

 

CONOCIENDO A JONATHAN EDWARDS

Jonathan Edwards ha sido catalogado por muchos como el más grande pensador de la historia de Estados Unidos. Edwards nació en Connecticut, el 5 de octubre de 1703; y murió en New Jersey, el 22 de marzo de 1758; fue teólogo y pastor congregacionalista, trabajó como profesor en la universidad de Yale y terminó siendo Rector de la universidad de Princeton

Edwards es la gran figura del conocido Gran Despertar que tuvo lugar en las colonias de Nueva Inglaterra (hoy Estados Unidos) en las décadas de 1740 y 1750.

Edwards sirvió en el ministerio pastoral desde sus 18 años. Sirvió por más de 35 años como ministro y erudito. Fue pastor interino en New York City por alrededor de un año. Fue profesor de la Universidad de Yale (donde obtuviera su Licenciatura en Educación y su Maestría en Artes) durante dos años (1724–1726). Pastoreó durante 22 años la iglesia congregacional de Northampton, Massachussets, una de las congregaciones más importantes e influyentes de sus días (desde 1727 hasta 1749). En Northampton, Edwards sustituyó a suegro Solomon Stoddard, un clérigo de mucho renombre en sus días. Fue misionero y pastor entre las tribus indígenas americanos (específicamente los Mohawk y los Mohegan) en Stockbridge, Massachussets, entre 1950 y 1957. (Bennett, p. 51). Fue Rector del Colegio de New Jersey (hoy Universidad de Princeton) por tan solo 5 semanas, debido a su fallecimiento. Su nuero le había precedido en tal puesto.

A continuación, procuro poner en perspectiva los hechos más remarcados en la vida de Edwards. Iniciemos:

 

A. Los más apremiantes trabajos teológicos de Jonathan Edwards

Edwards es conocido mayormente por ser un prolífero teólogo y pensador de una agudeza quizás insuperable en la historia de la gran confederación norteamericana. A continuación, les ilustro sobre sus más apremiantes trabajos:

1. Sus 70 resoluciones. Estas son una especie de diario que refieren las auto determinaciones de Edwards. Se centran en su deber de buscar la gloria de Dios en todo, a través de su procura esforzada de ser el hombre más piadoso del mundo.

Increíblemente, las 70 resoluciones fueron confeccionadas por Edwards cuando apenas contaba con 18 y 19 años de edad, mientras pastoreaba una pequeña congregación presbiteriana en el mismo centro de New York City, cuyos miembros eran de origen escocés. De hecho, se cree que su resolución más determinada y sobresaliente es la No. 63, que reza:

Resuelvo. En el supuesto de que no hubiera sino un individuo en el mundo, al mismo tiempo, que fuera apropiada y completamente un cristiano, en todo aspecto, ya sea de un temple correcto, teniendo al cristianismo siempre brillando con su verdadera brillantez y siendo excelente y amable, desde cualquier punto de vista y carácter: Resuelvo: actuar así como lo haría si luchara con toda mi fuerza para ser ese uno, quien viviera en mi tiempo”. (14 de enero y 13 de julio de 1723)

Tal resolución da en el centro del propósito de la vida de Edwards.

Por otra parte, el principal oficio de Edwards fue predicar, lo cual hizo por casi cuatro décadas. Debemos tener conciencia entonces de que predicó unos cuantos miles de sermones. (Para que tengas una idea de la abrumadora cantidad de notas, trabajos y sermones escritos por Edwards, consulte los archivos de Edwards en: http://edwards.yale.edu). Por eso, a continuación, puntualizamos su más renombrado sermón.

2. Su sermón: “Pecadores en las manos de un Dios airado, basado en Deuteronomio 32.35b. La primera vez que Edwards predicó este sermón en su congregación, no causó ninguna conmoción fuera de lo normal; pero al predicarlo en Enfield un mes más tarde (el 8 de julio de 1741), detonó un poderoso avivamiento allí. (Lawson, p. 12). Se dice que aunque Edwards solo leyó tímidamente sus notas, debido a su mal estado de salud ese día, “la gente se tiraba de sus bancas al suelo temblando de temor de caer en el infierno” (Lawson. P. 12), y que incluso luego muchos no podían montar sus caballos debido al temblor que les causó aquella predicación. En nuestros días, en occidente, se nos dificulta pensar en ese tipo de reacción por un sermón. Pero, aguarde un momento, estamos hablando del detonante de un gran despertar. Si sucediera algo así en tu iglesia, ciudad, país o región; de seguro que veríamos cosas como las que el mismo Edwards relata en su tratado: “An account of the Revival of Religion in Northampton 1740-1742”; y en su tratado: “A Narrative of Surprising Conversions”. (Puede encontrarlas juntas en el libro: Jonathan Edwards on Revivle, de The Banner of Truth Trust).

Claro, aquel avivamiento en los días de Edwards no fue bien recibido por todos los creyentes. Para aclarar ciertas controversias, Edwards fue invitado a la universidad de Yale a disertar sobre este asunto. Expuso: “Las 5 Señales de un Avivamiento”, basado en 1 Juan 4.1-6. Esta conferencia fue publicada en 1741. (Lawson, p. 13). La esencia de este tratado sirvió luego de punta de lanza para el más famoso trabajo de Edwards, como mostramos a continuación:

3. Su libro más famoso: “Tratado sobre los afectos religiosos”. Se dice de este tratado que es el mejor libro jamás escrito sobre el tema de las emociones y los afectos hacia Dios y la verdadera religión. En dicho escrito, Edwards demuestra lo bíblico de los afectos (el gozo y la felicidad, el amor, etc.), los sistematiza y los define; y demuestra que los afectos intensos y santos son demandados por Dios a sus hijos, resultando imposible agradar a Dios sin la justa expresión de ellos.

Tal trabajo de Edwards, como puede percibirse, fue de suma necesidad (y lo sigue siendo hoy) para que los creyentes comprendamos que la verdadera religión se vale de los afectos correctos en sus expresiones. Esto porque siempre hay los legalistas y matagozo que pretenden hacer de la religión en toda ocasión un lamento funerario. Claro que en la verdadera religión, como en la vida común, hay ocasiones y ritos funerales y de lamento y constricción; pero, la verdadera religión es una intensa en el amor, el gozo y todos los afectos agradables y nobles en su justa medida.

Muchos de los contemporáneos de Edwards sospecharon que las expresiones de gemidos extraños, temblores, etc., eran un mero destello emocional carnal. Edwards demostró en este y otros trabajos que ya hemos citado aquí que algunos casos eran meras emociones manejadas incorrectamente, pero los más eran expresiones verdaderas de un mover del Espíritu en aquellos días que debían ser justamente sopesados conforme a las Escrituras y a las evidencias.

Claramente no debo dejar de hacer mención aquí de los tres trabajos de más peso teológico del renombrado teólogo; me refiero a: 1) Freedom of the Will (publicado en 1754), 2) The End for Which God created the World (1755), y Original Sin (1758). Claramente puede notarse que los escribió en el cenit de su vida, cuando podía dedicarle suficiente tiempo a poner bajo la pluma sus reflexiones y estudios. Para este tiempo dedicaba 13 horas diarias a los estudios. (Ver Lawson, p. 17)

4. El primer trabajo de Edwards publicado fue un sermón o teólogoque, esto lo predicó al alumnado de Harvard en julio de 1731 titulado: “Dios es glorificado en la dependencia humana”, basado en 1 Corintios 1.29–31. El poder y la fuerza de los argumentos de Edwards impresionaron al alumnado de Harvard, quienes llevaron aquel trabajo a la estampa, a pesar de la ya marcada tendencia arminiana entre ellos para aquel entonces.

 

B. La reputación de Edwards como teólogo

La característica que define a Edwards, según el historiador teológico Roger Oslon, es que “ningún teólogo en la historia de la cristiandad ha sostenido una visión tan fuerte y elevada de la majestad, soberanía, gloria y poder de Dios cual Edwards”. (Lawson, p. 10)

Piper, un admirador de Edwards, dice que aquel fue “un genio resuelto y decidido a vivir totalmente para la gloria de Dios”. (Piper, p. 10). Piper cita lo que evaluó sobre Edwards el historiador Knoll, como sigue:

“Mark Knoll… descubrió que en los 250 años post Edwards, trágicamente ‘los evangélicos norteamericanos’ no han pensado desde un inicio acerca de la vida como cristianos porque la cultura se lo ha impedido. La piedad de Edwards continuó en una cultura de avivamiento. A su teología siguió un calvinismo académico. En cambio, no hubo sucesor para la visión universal de su Dios poderoso o de su profunda filosofía teológica. La desaparición de la perspectiva de Edwards en la historia de la cristiandad norteamericana ha sido una tragedia’”. (Piper, p. 10)

Encima de eso, Edwards fue amigo del gran evangelista George Whitefield (quien predicó en Northampton). Fue muy cercano del gran David Brainerd, quien murió hospedado en su casa, sirviéndole en su gravedad como enfermera Jerusha (una de las hijas de Edwards).

Por cierto, Hasler señala que “el ardor misionero de Brainerd es contagioso”. Sobre Brainerd, Edwards reconoció que aquel fue un maestro de la vida devocional y un ejemplo singular de dedicación personal; fue “digna de imitación”. Hasler dice de Brainerd que “nos dio un modelo único de intensidad religiosa”. (Haslel. Introduction).

Conforme al propósito de éste breve ensayo, cabe destacar aquí la razón de la muerte tanto del Rev. Brainerd, como luego la muerte de Jerusha, la hija de Edwards que sirvió de enfermera al reverendo en su adversidad. David Brainerd, que era misionero entre los indígenas americanos, murió de Tuberculosis contando con apenas 29 años de edad. La relación de Brainerd con Edwards se dio mayormente porque Brainerd estaba comprometido para casarse con Jemima, una de las hijas de Edwards.

Trájicamente, Jerusha, la hija de Edwards que había servido como enfermera al Rev. Brainerd, también contrajo la tuberculosis, de la que murió justamente un mes luego que Brainerd.

Edwards escribió una Biografía de la vida y obra de Brainerd, quien había sido despedido de Yale en su tercer año por estar de acuerdo con “las Nuevas Luces”, es decir, aquellos que estaban de acuerdo con “aquel Gran Despertar”, de los cuales en parte Edwards era el cabecilla. Aquel trabajo de Edwards se titula: “An Account of the Life of the Rev. David Brainerd” (Un Recuento de la Vida del Rev. David Brainerd -en 1749). Por cierto, se trata de un trabajo de referencia, pues Edwards contaba con los manuscritos del joven predicador y misionero entre los indígenas primero de New York y New Jersey, y luego entre los de Delaware y Pensilvania. Dicho trabajo biográfico, que vino luego de un diario sobre Brainerd que Edwards había ya publicado, sirvió “para inspirar el movimiento misionero del siglo siguiente”. (Lawson, p. 14). Hombres del talaje de Carey, los Hudson, Rice, Martyn, Elliot, etc., cuentan lo inspirador de dicha biografía en sus vidas. Por ejemplo, William Carey, el nombrado padre de las misiones modernas, dijo que leyó dicho trabajo como su segunda Biblia.

 

C. La esencia de la teología de Edwards

En la Enciclopedia Británica hay un breve artículo biográfico sobre Edwards que resume lo que quiero expresar sobre la esencia de la teología de Edwards, reza:

“Edwards no aceptó su herencia teológica pasivamente. En su “Narrativa personal”, confiesa que, desde su infancia, su mente “había estado llena de objeciones” contra la doctrina de la predestinación… escribió: ‘Solía ​​aparecer como una horrible doctrina para mí”. Aunque gradualmente trabajó a través de sus objeciones intelectuales, fue solo con su conversión (a principios de 1721) que llegó a una “deliciosa convicción” de la soberanía divina, tanto como a un “nuevo sentido” de la gloria de Dios revelado en las Escrituras y en la naturaleza. Esto se convirtió en el centro de la piedad de Edwards: una aprehensión directa e intuitiva de Dios en toda su gloria, una vista y un sabor de la majestad y belleza de Cristo mucho más allá de toda comprensión “nocional”, impartida inmediatamente al alma…”. (www.britannica.com)

 

D. El grado de entrega a Dios de Edwards

Para tener un sorbo del grado de entrega de Edwards a Dios, aparte de sus resoluciones, que se resume en la No. 63 -citada arriba-, mire lo que escribió en uno de sus diarios:

“En la mañana… He estado delante de Dios, y me he dado con todo cuanto tengo y soy, a Él; de tal manera que yo no soy, en ningún aspecto, mío mismo. Yo no puedo pretender ningún derecho en esta comprensión, esta voluntad, este afecto, que está en mí…”. (Sábado 12 de enero de 1723). (Lawson, pp. 54, 55).

Para comprender un poco más a Edwards y su teología, es necesario leer y estudiar: (1) Sus 70 resoluciones, (2) sus diarios, (3) sus más sobresalientes sermones, sus libros (4) “Narrativa Personal” (una especie de auto-biografía), (5) “Tratado sobre los Afectos Religiosos”, (6) “Libertad de la Voluntad”, (7) “La razón por la cual Dios creó el Mundo” y (8) “Pecado Original”, sin dejar de lado, (9) “Un Recuento de la Vida del Rev. David Brainerd”.

 

E. La causa de la muerte de Edwards

Para poner en perspectiva nuestra procura en este artículo, resulta interesante revelar aquí la razón por la que Edwards falleció. En el primer mes de la presidencia de Edwards en el Colegio de New Jersey (Princeton University), hubo un brote de viruela. Sucede que se estaba desarrollando una vacuna, y Edwards que era amante de las ciencias y la inventiva, decidió participar como voluntario en las pruebas de la vacuna, pues quería que la facultad y el alumnado del Colegio comprendieran que era noble y de beneficio apoyar la causa de las ciencias médicas. Adivinen que, falleció una semana luego de haber sido inoculado debido a una infección secundaria que adquirió, el 22 de marzo de 1758. Edwards no murió por el brote de viruela, pero sí como consecuencia de ella, como puedes notar. Las siguientes fueron las últimas palabras de Jonathan a sus dos hijas Lucy y Esther que estaban presente en su lecho de muerte (para entonces Sarah Edwards a penas se preparaba para mudarse a New Jersey), reza:

“Me parece que es la voluntad de Dios que yo en breve las deje; por tanto, den mi afectuoso amor a mi querida esposa, y díganle, que la poca común unión que por largo tiempo ha subsistido entre nosotros, ha sido de tal naturaleza, según confío en lo espiritual, y lo seguirá siendo por siempre; y espero que ella soporte tan gran prueba y se sometera a la voluntad de Dios”. (Lauson, p. 19)

Y aunque parezca inverosímil, Edwards ocupó la presidencia del Colegio de New Jersey luego que su nuero, Aaron Burr Sr., entonces presidente del Colegio, falleciera el 27 de septiembre de 1757. A la muerte de Edwards le siguió la muerte de su hija Esther, viuda de Burr, por la misma causa.

Resulta aquí inspirador leer la carta que tras la muerte de Jonathan le escribiera Sarah Edwards a su hija Esther Burr, quien también, había perdido a su esposo unos meses antes, y ahora a su padre. Reza así:

“Mi muy estimada hija, ¿qué debo decir? Un santo y buen Dios nos ha cubierto con una nube negra. ¡Oh, que besemos la vara y nos pongamos las manos en la boca! EL Señor lo ha hecho. Él me ha hecho adorar sus bondades, pues le tuvimos por mucho tiempo. Pero mi Dios vive; y El posee mi corazón. ¡Oh, que legado el que mi esposo, y tu padre, nos ha dejado! Nosotros somos todos dadivas a Dios; y ahí estoy, y amo estar”. (Lawson, p. 19).

Esther misma murió poco tiempo después debido a una reacción similar a la misma vacuna contra la viruela. Sarah finalmente pudo arribar a New Jersey ese verano. Cuando llegó, pudo pararse sobre la yerba verde sobre la tumba de su esposo, su nuero y su hija. Ella también murió de disentería el 2 de octubre de ese mismo año, 1758. Sara fue sepultada al lado de su esposo en el cementerio de Princeton. (Ver Lawson, p. 19)

 

REFLEXIÓN

Si uno mira desde una cosmovisión no cristiana probablemente vea un panorama tétrico en la historia de la vida de Edwards y su familia. Pero las inspiradoras palabras finales tanto de Jonathan como de las de su esposa Sarah, nos deben convencer de una perspectiva diferente. ¿Acaso ignoráis la misma Palabra del Señor en el Salmo 116? Él se pronunció así en el v.15 de aquel Salmo:

Estimada es a los ojos de Jehová

La muerte de sus santos”.

No creo que algún lector ignore que los santos también morimos cual el resto de los mortales. Esa es la inmisericorde paga del pecado. Una lectura cercana a algunos Salmos que nos prometen tanto el cuidado como la protección del Señor, digamos el 41, el 46, el 91, por dar algunos ejemplos, no debería llevar la mente del cristiano a decir que un creyente no atravesará tribulaciones o pruebas; mucho menos que no verá la muerte común.

La pregunta correcta aquí sería: ¿Por qué sufren pruebas, tribulaciones, dolores, hambre, desnudez, peligros y hasta espada los santos?; igual que la pregunta incorrecta sería: ¿Sufren los santos pruebas, tribulaciones, dolores, hambre, desnudez, peligros y hasta espada? Las sagradas escrituras y la historia cristiana son testigos suficientes para demostrar que los santos sufren y atravesando el dolor, las virulencias y las pestilencias, hasta guerras y ataques de fieras muchas veces mueren cual los demás mortales.

Ante cualquier pregunta de esta naturaleza, debemos atribuir la ruina en esta vida, cual la de Job, la del Señor mismo, la de todos los profetas y apóstoles en diversas circunstancias a los misteriosos propósitos de Dios.

Al meditar en las promesas del Señor para con sus hijos respecto de su cuidado, protección y libranza las pruebas, las tribulaciones y los sufrimientos corporales, debemos tener en cuenta pasajes como el Salmo 23, Romanos 5.1-4 y Santiago 1.2, por ejemplo. Igual que debemos ser más cuidadosos al observar el vocabulario empleado por Dios en los salmos mencionados. No hay allí una promesa de que no atravesaremos por las pestes, pruebas, tribulaciones, etc., sino una garantía de que seremos guardados por el Señor, aun atravesando el valle o el túnel de la muerte misma. Eso implica, literalmente, que:ya sea que vivamos o muramos, del Señor somos”; y “para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia”. (Filipenses 1.20ss). Y debemos recordar el propósito en todo esto (rOM:

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. (Romanos 8.38, 39)

Al final de la prueba, sea por vida o para muerte, hemos de declarar al son de aquel siervo perfecto llamado Job:

“¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios”. (Job 2.10)

Todo ello después de haber declarado con sus labios:

“Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito. En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno”. (Job 1.21, 22)

Damos gloria a Dios porque la consagrada, eficiente e intensa vida piadosa de Edwards ha servido de ejemplo para miles. Esperamos ser motivados a seguir fieles a Dios, como a tener un altísimo concepto del Santísimo, cual Edwards. En consecuencia, vemos como una tragedia el actual abandono del poderoso concepto edwartiano de Dios, y que emulemos que este tenga poco o nada que ver contigo ni conmigo ahora. Ojalá y que al analizar que es posible vivir piadosamente consagrados a Dios de acuerdo a la vida de Edwards, seamos movidos a la máxima piedad, en el más elevado gozo cristiano, para la gloria de Dios. Y si al final nos asaltase la misma suerte de morir de alguna epidemia o cualquier otra virulencia o razón trágica, que podamos adorar al Señor cual los santos en las Escrituras, cual John Bunyan, Ana Wesley, David Brainerd, Jonathan y Sarah Edwards, entre otros miles.

¡Nada creado, ni un virus, o una bacteria, incluso la muerte misma, nos podrá separar jamás del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro!

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Bibliografía consultada:

  1. Lawson, Steven. THE UNWAVERING RESOLVE OF JONATHAN EDWARDS. Pub. by Reformation Truth Publiching. © S. Lawson 2008.
  2. Piper, John. LA SUPREMACÍA DE DIOS EN LA PREDICACIÓN. Pub. Por Faro de Gracia. 2da Ed. 2010. Copyright 1990, 2004 by Desiring God Fundation.
  3. Jonathan Edwards on Revival. The Banner of Truth Trust. Printed in 1999.
  4. Bennett, William J. América: La Última Esperanza. Vol. I.
  5. Consulte las resoluciones de Edwards en: MEMORIAS DE JONATHAN EDWARDS, A.M. Por Timothy Dwight.
  6. Hasler, Richard A. Journey with David Brainerd. Soli Deo Gloria Pub. © 2002.
  7. https://www.britannica.com/biography/Jonathan-Edwards/Dismissal-from-Northampton
  8. Ver los trabajos de Jonathan Edwards por Yale en: http://edwards.yale.edu/
  9. Consulte el sermón de Edwards: LA INDETERMINACIÓN. En: https://youtu.be/ARNpPTIPvQw